Alberto Fernández

miércoles, 10 de julio de 2013

Viaje sin retorno hacia la esperanza

     Hoy, el cielo está colmado de un azul desesperante. Las gentes a las que vela corretean grises y sórdidas como hormigas sobre un lienzo asfaltado de rojo. Con verdes miradas marchitas, algunas otean en lontananza el mar refulgente doblemente desesperante, titilando como si billones de cristales amarillos convulsionaran entre sus olas, evocando una idea de afilado dolor. Las nubes ya no existen; son un recuerdo volatilizado.
     Había un muchacho que las remembraba cariñosamente, sentado o agazapado entre desarraigados sauces que habían sido arrojados con despotismo a las aceras pringosas de mugre humana. A pesar de ello, y contra toda adversidad, sus gruesas ramas aún crecían en espiral entrelazándose entre sí, desesperadas, ansiando alcanzar el desesperante cielo azul. Mas la bóveda, ufana, se alejaba con Mezquindad; y Mezquindad se libró del mundo.
     El joven se desesperó en sus anhelos y se envenenó con ellos, y desde su maliciosa melancolía se abalanzó sobre una rama cercana, tal si quisiera encontrarle la yugular y destrozársela con las manos. Se aferró a ella, como quien estrangula a un ser querido, y comenzó a ascender progresivamente, esperanzándose a medida que se acercaba al desesperante azul del cielo.
     En su viaje de ensueño -el cual se tomó de manera adusta, como el que, en vez de aliviarse por la venida de lo que llevaba tiempo esperando, se amohína resentido por la tardanza de ello y lo recibe de mala gana-, descubrió el mundo entero y sus más lacerantes vergüenzas: cortinas de humo pútrido sobre tejas polvorientas y hogares deformados cual si fueran monstruos de pesadilla; pájaros de hierro oxidado que planeaban sobre fisuras del cielo; parajes yermos de los que brotaban yunques a modo de flores germinando el orbe; arroyos brunos, turbios, que dejaban escapar lamentos quejumbrosos; sombras sollozando... Descubrió el mundo entero y su desespero.
     Una vez atravesada aquélla inmensidad, y más allá de los lindes del cielo, halló al fin las nubes, tendidas sobre un lecho de luz manchada de negrura arrinconado en el firmamento. No eran lo que él esperaba. En sus más íntimos delirios, las había imaginado como colosos divinos capaz de hacer toda quimera realidad, las había pensado doradas y adornadas con plata fulgurante, soberbias, y las soñó sabedoras de todos los misterios que, a su antojo y al azar, revelaban al viento con suspiros y murmullos. Pero no; ellas estaban acostadas y durmientes, como un lago, vagamente mecidas por una brisa inexistente, extrañamente moradas en sus contornos y lívidas, macilentas, en su totalidad. Desprendían un destello moribundo y cansino de falso candor.
     "Tampoco están tan mal", pensó, rozando una con la punta del pie izquierdo que había estirado para conocerlas. Al dispersar la nube, ésta, como un jadeo, le rodeó y tapó. La humedad súbita del ambiente resquebrajó la rama, desmadejada y languidecida por el paso del tiempo y por el esfuerzo. El chico se avecinó al vacío, ahogando un grito, envuelto en una mortaja de éter, bruma y frío. Atraídas por el crujido de la madera tosca, se asomaron al cenit de su hundimiento infinidad de estrellas que restallaron en campanadas ensordecedoras tan solo para dar la bienvenida a un silencio en el que todavía restó flotando un rumor tintineante de arpa. El muchacho se perdió rastreando la estela de una nebulosa que comenzó a desdibujarse al fondo de Todo. Y todo se hizo nada en una última sensación de ligereza y sosiego.