Había un
muchacho que las remembraba cariñosamente, sentado o agazapado entre
desarraigados sauces que habían sido arrojados con despotismo a las aceras
pringosas de mugre humana. A pesar de ello, y contra toda adversidad, sus
gruesas ramas aún crecían en espiral entrelazándose entre sí, desesperadas,
ansiando alcanzar el desesperante cielo azul. Mas la bóveda, ufana, se alejaba
con Mezquindad; y Mezquindad se libró del mundo.
El joven se
desesperó en sus anhelos y se envenenó con ellos, y desde su maliciosa
melancolía se abalanzó sobre una rama cercana, tal si quisiera encontrarle la
yugular y destrozársela con las manos. Se aferró a ella, como quien estrangula
a un ser querido, y comenzó a ascender progresivamente, esperanzándose a medida
que se acercaba al desesperante azul del cielo.
En su viaje
de ensueño -el cual se tomó de manera adusta, como el que, en vez de aliviarse
por la venida de lo que llevaba tiempo esperando, se amohína resentido por la
tardanza de ello y lo recibe de mala gana-, descubrió el mundo entero y sus más
lacerantes vergüenzas: cortinas de humo pútrido sobre tejas polvorientas y
hogares deformados cual si fueran monstruos de pesadilla; pájaros de hierro
oxidado que planeaban sobre fisuras del cielo; parajes yermos de los que
brotaban yunques a modo de flores germinando el orbe; arroyos brunos, turbios,
que dejaban escapar lamentos quejumbrosos; sombras sollozando... Descubrió el
mundo entero y su desespero.
Una vez
atravesada aquélla inmensidad, y más allá de los lindes del cielo, halló al fin
las nubes, tendidas sobre un lecho de luz manchada de negrura arrinconado en el
firmamento. No eran lo que él esperaba. En sus más íntimos delirios, las había
imaginado como colosos divinos capaz de hacer toda quimera realidad, las había
pensado doradas y adornadas con plata fulgurante, soberbias, y las soñó
sabedoras de todos los misterios que, a su antojo y al azar, revelaban al
viento con suspiros y murmullos. Pero no; ellas estaban acostadas y durmientes,
como un lago, vagamente mecidas por una brisa inexistente, extrañamente moradas
en sus contornos y lívidas, macilentas, en su totalidad. Desprendían un
destello moribundo y cansino de falso candor.
"Tampoco
están tan mal", pensó, rozando una con la punta del pie izquierdo que
había estirado para conocerlas. Al dispersar la nube, ésta, como un jadeo,
le rodeó y tapó. La humedad súbita del ambiente resquebrajó la rama,
desmadejada y languidecida por el paso del tiempo y por el esfuerzo. El chico
se avecinó al vacío, ahogando un grito, envuelto en una mortaja de éter, bruma
y frío. Atraídas por el crujido de la madera tosca, se asomaron al cenit de su
hundimiento infinidad de estrellas que restallaron en campanadas ensordecedoras
tan solo para dar la bienvenida a un silencio en el que todavía restó flotando
un rumor tintineante de arpa. El muchacho se perdió rastreando la estela de una
nebulosa que comenzó a desdibujarse al fondo de Todo. Y todo se hizo nada en
una última sensación de ligereza y sosiego.