-Ese
café debe estar helado ya, amigo, ¿se lo caliento? –preguntó servicial pero
campechanamente el gran hombre tras la barra.
El anciano, que tenía los ojos muy abiertos debido a una abstracción inmensa, dio un respingo y miró al tabernero con intriga. Éste repitió la pregunta. El viejo, con una media sonrisa afable, echó en la taza de su café el cigarro que llevaba a medias. El siseo humeante al apagarse en el amargo líquido fue un pequeño placer que nadie percibió.
-Ya está de nuevo caliente –forzó una risotada baja, con respeto, a sabiendas de que no tenía ninguna gracia lo que acababa de hacer. Era un acto déspota, y había hecho sentirse incómodo al dueño del bar, que se retiró negando con la cabeza.
El viejo rebuscó en el bolsillo superior de su chaquetón, sacó su paquete de Kruger, su Clipper, y volvió a encenderse un cigarro. Llevó la mirada de nuevo al lugar que lo había dejado pasmado: la máquina tragaperras. Una mujer de unos cuarenta años echaba monedas como una posesa y apretaba los botones histéricamente mientras meneaba y contoneaba su gran trasero como quien agita un trébol de cuatro hojas para que le dé suerte. El viejo se ensimismaba con las luces, daba de sí a los párpados haciendo que sus ojos casi salgan de sus órbitas. Cada vez que era dueño de su pensamiento una punzada de pánico le apretaba la nuca al compararse a sí mismo con una polilla: ¿y si estaba a merced absoluto de las luces y los sonidos lúdicos? ¡Avance! ¡Un, dos! Y el viejo soltaba una risilla nerviosa como si una de sus putitas habituales le murmurara obscenidades al oído.
La mujer de la máquina había cesado un momento el juego, y se palpaba todos los bolsillos de sus ropas como si hiciera percusión corporal. “Mierda”, susurró entre dientes, y salió del bar a zancadas. El anciano había estado más atento a la mujer que la propia; atisbó una moneda suelta en el panel de juego, y fue a por ella. Echó de nuevo el cigarro a la taza y arrancó con esta hasta la máquina tragaperras. Una vez delante, cual si hubiera encontrado el Arca Perdida, esperó expectante a que la musiquita le diera la bienvenida, y una vez pasó, volvió a soltar esa risita nerviosa. Contempló de arriba a abajo la máquina. Agarró la moneda y la sostuvo un momento entre sus dedos como un premio. Se llevó el café humeante de cigarros extintos a la boca y dio un trago como para terminarlo de una sentada. En cuanto sintió el líquido repleto de cenizas, vomitó y vomitó sobre la máquina, tan escandalosamente, tan fuerte y abundantemente, que para él fue como correr una maratón.
Se desmayó del cansancio y despertó una media hora después dentro de una ambulancia. El vehículo estaba parado, nada se movía salvo un auxiliar de enfermería que revolvía bolsas al pie de su camilla.
-¿Qué ha pasado? –interrogó el viejo muy quedamente, extenuado.
-Perdió la conciencia por un bajón de azúcar debido a la fatiga del vómito, creo –explicó el auxiliar, nada convencido de sus palabras, muy perdido en su propio terreno.
-¿Mi hija está bien? –siguió insistiendo el, ahora, moribundo, entre quejidos.
-¿Quién es su hija? –devolvió el chico al muerto.
Fuera, en las puertas del bar, la cuarentona se quejaba de que la máquina tragaperras estuviera fuera de servicio, agarrando el monedero bajo su sobaco y chistando mientras meneaba la cabeza de disgusto.
-Para una vez que dejo que el inútil de mi padre me acompañe... “Nunca hacemos nada juntos”... Pues toma, por enterado –y se fue la señora quejándose en voz alta a su piso de enfrente.
El anciano, que tenía los ojos muy abiertos debido a una abstracción inmensa, dio un respingo y miró al tabernero con intriga. Éste repitió la pregunta. El viejo, con una media sonrisa afable, echó en la taza de su café el cigarro que llevaba a medias. El siseo humeante al apagarse en el amargo líquido fue un pequeño placer que nadie percibió.
-Ya está de nuevo caliente –forzó una risotada baja, con respeto, a sabiendas de que no tenía ninguna gracia lo que acababa de hacer. Era un acto déspota, y había hecho sentirse incómodo al dueño del bar, que se retiró negando con la cabeza.
El viejo rebuscó en el bolsillo superior de su chaquetón, sacó su paquete de Kruger, su Clipper, y volvió a encenderse un cigarro. Llevó la mirada de nuevo al lugar que lo había dejado pasmado: la máquina tragaperras. Una mujer de unos cuarenta años echaba monedas como una posesa y apretaba los botones histéricamente mientras meneaba y contoneaba su gran trasero como quien agita un trébol de cuatro hojas para que le dé suerte. El viejo se ensimismaba con las luces, daba de sí a los párpados haciendo que sus ojos casi salgan de sus órbitas. Cada vez que era dueño de su pensamiento una punzada de pánico le apretaba la nuca al compararse a sí mismo con una polilla: ¿y si estaba a merced absoluto de las luces y los sonidos lúdicos? ¡Avance! ¡Un, dos! Y el viejo soltaba una risilla nerviosa como si una de sus putitas habituales le murmurara obscenidades al oído.
La mujer de la máquina había cesado un momento el juego, y se palpaba todos los bolsillos de sus ropas como si hiciera percusión corporal. “Mierda”, susurró entre dientes, y salió del bar a zancadas. El anciano había estado más atento a la mujer que la propia; atisbó una moneda suelta en el panel de juego, y fue a por ella. Echó de nuevo el cigarro a la taza y arrancó con esta hasta la máquina tragaperras. Una vez delante, cual si hubiera encontrado el Arca Perdida, esperó expectante a que la musiquita le diera la bienvenida, y una vez pasó, volvió a soltar esa risita nerviosa. Contempló de arriba a abajo la máquina. Agarró la moneda y la sostuvo un momento entre sus dedos como un premio. Se llevó el café humeante de cigarros extintos a la boca y dio un trago como para terminarlo de una sentada. En cuanto sintió el líquido repleto de cenizas, vomitó y vomitó sobre la máquina, tan escandalosamente, tan fuerte y abundantemente, que para él fue como correr una maratón.
Se desmayó del cansancio y despertó una media hora después dentro de una ambulancia. El vehículo estaba parado, nada se movía salvo un auxiliar de enfermería que revolvía bolsas al pie de su camilla.
-¿Qué ha pasado? –interrogó el viejo muy quedamente, extenuado.
-Perdió la conciencia por un bajón de azúcar debido a la fatiga del vómito, creo –explicó el auxiliar, nada convencido de sus palabras, muy perdido en su propio terreno.
-¿Mi hija está bien? –siguió insistiendo el, ahora, moribundo, entre quejidos.
-¿Quién es su hija? –devolvió el chico al muerto.
Fuera, en las puertas del bar, la cuarentona se quejaba de que la máquina tragaperras estuviera fuera de servicio, agarrando el monedero bajo su sobaco y chistando mientras meneaba la cabeza de disgusto.
-Para una vez que dejo que el inútil de mi padre me acompañe... “Nunca hacemos nada juntos”... Pues toma, por enterado –y se fue la señora quejándose en voz alta a su piso de enfrente.