En
una noche de espejismos y tórridos quebrantos estaba yo acurrucado bajo la luz
del satélite muerto tras la ventana, recostado en el inmenso sofá negro recubierto
de blancos fulares, recorriendo con la mirada unas líneas sin leerlas de un
poemario abstracto. Ocupaban mis pensamientos los muslos alabastrinos de una
mujer diferida en mi memoria; ocupaba la mesa de vidrio una exuberante botella
de vodka Smirnoff medio llena o medio vacía –no sabría decirlo con certeza- que
me traía a la garganta la amargura incandescente del tesoro de entre sus
ingles. El resplandor de un flexo mustio danzaba con su llama en el interior de
la botella; una flama acuosa que tornaba el licor en algo cálido y no
calcinador me alentaba a beber, como un juego de miradas seductoras. A
intervalos dilatados por mi embebecimiento y el del sueño que me atenazaba,
algún verso insondable me desengañaba del atractivo del alcohol, y algún otro
me inspiraba la rebeldía para acometerlo y libar. Titubeaba dentro de mí
intentando rememorar a la dueña de aquéllas piernas marmóreas, mas al filo de
comprender el candor de su doncella piel y conocer su rostro, la evocación se
colmaba en negrura y desaparecía todo rastro de ella; tan solo restaba el
blanco anhelo, y de nuevo un confuso paseo entre sus vellos erizados como seda
arrugada: tersos y tiernos. Así era la noche: de una opacidad deformada.
Se forjó la madrugada de silencio y nubes. La luna se distorsionaba en la lejanía. Permanecí en una inquietante duermevela hasta que mi cabeza cedió sobre mi pecho. Retumbando de cansancio mis sienes, temblando de fatiga mis brazos, me incorporé como pude apoyándome en el respaldo del sillón con un codo. Resoplé de hastío. En mi mano derecha el libro se había abierto de par en par, mas ante mis ojos las letras lucían borrosas. Lo dejé en el suelo, al pie de la mesa, al tiempo que me alzaba. Me sorprendió un tambaleo que desorientó mi existencia entera por unos segundos. Busqué fuerzas en el vodka y eché un trago a mis entrañas para desperezarlas; todo mi vello se erizó contra mí, y se encogió mi pellejo. Un suspiro hediondo, que impregnó el aire ya pútrido, viciado y abandonado de mi piso solitario, fue mi buenas noches para el mundo. Apagué la jorobada lámpara en el estante empolvado, en éste mismo dejé la botella de Smirnoff, y me dirigí entre las sombras espesas hacia mi dormitorio, guiándome por inercia. Del aburrimiento de los interminables días vetustos en soledad había contado trece pasos del salón al cuarto donde pasaba las noches en mi apatía crónica, cruzando el pasillo que, en ese instante, se me antojó infinito. Uno, dos, tres, cuatro… Eructé, y mi boca se anegó de la amarga bilis enfermiza que desprende el exceso en tripas maltratadas. Once, doce, trece, catorce, quince, dieciséis, dieciséis, dieciséis, diecisiete, diecisiete, dieciocho... Desconcertado, detuve mi torpe andar a mitad de la odisea. El longevo pasadizo, inundado en la oscuridad, fue sacudido por el vaho insuflado por un aliento fétido desconocido que evocó al hogar entero a la muerte. Las tinieblas osaron desprenderse de las mugrientas paredes y cobrar vida, tornar sus formas, danzar sinuosas a mi alrededor, provocativas. Crecían y decrecían. Se abultaban furiosas y se encogían intimidadas por su propia fuerza. Me sentí flotando en la inmensidad, como si el mundo se hubiera descolgado y oscilara desequilibrado, y fuera yo presa de su balanceo impredecible que bien podía romper con todo en millares de trozos, y llevarme consigo al vacío que me acorralaba. Lo que pareció durar una eternidad se esfumó con el mismo jadeo apestoso que me invadió al principio, y la vertiginosa sensación de desvanecimiento desapareció del umbral de mi visión. La claridad natural de la noche me descubrió a mí mismo paralizado en mitad del corredor. Achaqué todo esto a la ebriedad que me embargaba. Cerré los ojos, apretando los párpados con todos mis nervios, exasperado por el sentimiento de miedo que osó azuzarme a estas alturas de mi resentimiento taciturno, de mi vida.
Se forjó la madrugada de silencio y nubes. La luna se distorsionaba en la lejanía. Permanecí en una inquietante duermevela hasta que mi cabeza cedió sobre mi pecho. Retumbando de cansancio mis sienes, temblando de fatiga mis brazos, me incorporé como pude apoyándome en el respaldo del sillón con un codo. Resoplé de hastío. En mi mano derecha el libro se había abierto de par en par, mas ante mis ojos las letras lucían borrosas. Lo dejé en el suelo, al pie de la mesa, al tiempo que me alzaba. Me sorprendió un tambaleo que desorientó mi existencia entera por unos segundos. Busqué fuerzas en el vodka y eché un trago a mis entrañas para desperezarlas; todo mi vello se erizó contra mí, y se encogió mi pellejo. Un suspiro hediondo, que impregnó el aire ya pútrido, viciado y abandonado de mi piso solitario, fue mi buenas noches para el mundo. Apagué la jorobada lámpara en el estante empolvado, en éste mismo dejé la botella de Smirnoff, y me dirigí entre las sombras espesas hacia mi dormitorio, guiándome por inercia. Del aburrimiento de los interminables días vetustos en soledad había contado trece pasos del salón al cuarto donde pasaba las noches en mi apatía crónica, cruzando el pasillo que, en ese instante, se me antojó infinito. Uno, dos, tres, cuatro… Eructé, y mi boca se anegó de la amarga bilis enfermiza que desprende el exceso en tripas maltratadas. Once, doce, trece, catorce, quince, dieciséis, dieciséis, dieciséis, diecisiete, diecisiete, dieciocho... Desconcertado, detuve mi torpe andar a mitad de la odisea. El longevo pasadizo, inundado en la oscuridad, fue sacudido por el vaho insuflado por un aliento fétido desconocido que evocó al hogar entero a la muerte. Las tinieblas osaron desprenderse de las mugrientas paredes y cobrar vida, tornar sus formas, danzar sinuosas a mi alrededor, provocativas. Crecían y decrecían. Se abultaban furiosas y se encogían intimidadas por su propia fuerza. Me sentí flotando en la inmensidad, como si el mundo se hubiera descolgado y oscilara desequilibrado, y fuera yo presa de su balanceo impredecible que bien podía romper con todo en millares de trozos, y llevarme consigo al vacío que me acorralaba. Lo que pareció durar una eternidad se esfumó con el mismo jadeo apestoso que me invadió al principio, y la vertiginosa sensación de desvanecimiento desapareció del umbral de mi visión. La claridad natural de la noche me descubrió a mí mismo paralizado en mitad del corredor. Achaqué todo esto a la ebriedad que me embargaba. Cerré los ojos, apretando los párpados con todos mis nervios, exasperado por el sentimiento de miedo que osó azuzarme a estas alturas de mi resentimiento taciturno, de mi vida.
Dejando
atrás la emoción pasada, avancé al fin hasta mi dormitorio y penetré en él con
rapidez desesperada, lo que me hizo remembrar aquellos momentos de mi infancia
en los que, antes de acostarme, daba una pequeña carrera hasta mi cama con la
aterradora sensación de que monstruos quiméricos me perseguían por la casa. Una
vez dentro de la habitación, cerré la puerta y giré la llave oxidada que
siempre colgaba del interior. Me arranqué mis agobiantes ropas, ansioso. Ya
desnudo, me decidí a encender la luz. El interruptor se encontraba sobre el
cabecero del lecho excesivamente grande para mí y mi soledad; una cama para dos
con un doble fondo en el colchón que guardaba anhelos hechos triza. Ya más
calmado, me giré para hurgar en el espejo que se erigía al pie del camastro,
mediano, ínfimo, mostrando mi persona demacrada de pecho hacia arriba.
Despeiné, volví y revolví mi media melena para ocultarme tras la maraña de
pelos sucios. Con una media vuelta me enfrenté al desamparo que desprendían las
sábanas revueltas en terreno tan descomunal. Fue entonces cuando me sobresaltó
el retumbar contra las paredes del cuarto del gorjeo de un grillo que,
seguramente, se habría colado por la ventana entreabierta. Di un buen respingo
ya amedrentado por la experiencia en el pasillo, pero un suspiro exasperado me
devolvió el equilibrio. En la otra orilla de la cama el bicho canturreaba
vanidoso y con firmeza; era la primera vez -que yo supiera- que un grillo no
detenía su entonación lastimera al topar con un gigante ser atronador y torpe
como era el humano. Hinqué una rodilla sobre el colchón, estiré el tronco y
extendí ambos brazos a los lados, dispuesto a cazarlo. Poco a poco los fui
dirigiendo a él, para atraparlo en una tenaza y soltarlo fuera por la ventana.
En el momento me permití analizarlo y un escalofrío recorrió mi espinazo al
asaltarme la certeza de que me miraba fijamente, sin temor, confiado. A medida
que mis manos, turbadas, se cerraban en torno a él, su tonada se engrandecía,
el ruido se ampliaba ancho y colosal, inundó la casa entera, y mi frente de
sudor frío. La cantiga me desesperó, mis nervios a flor de piel; perdí el
control y la histeria me llevó a aplastarlo estruendosamente entre mis palmas.
Jadeé con el cráneo martilleado por su infernal salmo en forma de diatriba.
Apreté los dientes y tensé la mandíbula, ahora encrespado por tener las tripas
del grillo chafadas en mis manos. Con un gesto de asco, y volviendo la cara
para no mirar, limpié el estropicio en las mantas y me agazapé en mi lado de la
cama alterado; de reojo pude distinguir el reguero de sangre negra, cual si
fuera tinta, esparcido sinuosamente, sobresaliendo del grumoso líquido las
patas y las antenas raquíticas rotas como diminutas ramas. Ahora hasta
los insectos me maldicen, pensé irritado. Di un golpe a la palanca de la
luz y sobre mí se cernió la oscuridad dispuesta a adormecerme..., o eso creí
yo.
Entre las capas de negrura y las frías mantas me revolví durante casi una hora. No dejaba de pensar en el bicho cantor y sus aires de advertencia cuando debía limitarse a adornar llanuras bucólicas en campos románticos y esas fantochadas eglógicas. Compartía con él su lecho de muerte, y el rastro de ésta parecía desear alzarse en una peste que no alcanzaba a imaginarse a sí misma; tan solo era mi cabeza jugándome malas pasadas: presentía un olor inexistente. Intenté incluso distraerme con el tic-tac del reloj de la mesilla, adjudicarle alguna música a su compás recio y cansino, hasta terminar contando el paso de los minutos. Esto acabó con mi paciencia, no soporté tener controlado el correr del tiempo que se me iba en segundos inutilizados. Alargué la mano para arrancarle las pilas y silenciarlo, quizá para siempre. Ni siquiera rocé el mueble cuando sentí un impulso en el aire, un golpe seco y al reloj precipitarse contra el suelo, astillarse y enmudecer, sin duda para siempre. El pánico atenazó mi garganta casi hasta la asfixia; dejé de respirar, alarmado y atento a cualquier otro ruido o fenómeno. No sabía qué demonios pensar, a qué achacarlo... Para mí el tiempo se había detenido en ese mismo instante. La habitación se había congelado. Así me invadió un frío ardiente. Cuando volví a espirar en busca de oxígeno, se desdobló mi respiración. Asumí que tenía algunos alvéolos obstruidos por mucosidades y todo esto eran ruidos pulmonares. No; mi aliento se distinguió individual junto a otro más. No estaba solo en la habitación, y quien quiera que estuviera observándome era de vigoroso pecho, pues así se alzó su resuello hasta descomponerse por su propia fuerza. Sumido en un silencio mortuorio, a merced del pánico, me apreté contra las sábanas. Estaba haciendo el ridículo. Un malhechor, con el mayor de los sigilos, había entrado en mi piso y yo me acobardaba, dándole la oportunidad de hacerme daño. Resuelto a defenderme, y aprovechando la poca entereza del intruso que parecía haberse volatilizado, lancé con decisión mi mano temblorosa contra la palanca de la luz. A escasos centímetros, mi dorso fue abofeteado y apartado del interruptor. Ahogué un grito y me hundí en la cama, retrocediendo al pie de ésta. Había sentido el roce fantasmal de algo diabólico. Esa mano espectral que frenó la mía mortal era húmeda, gélida, viscosa, y parecía estar repleta de bultos. No estaba seguro si era sensato catalogarla de extremidad. Salté del lecho con un grito roto de guerra en dirección al espejo y lo descolgué de su alcayata, blandiéndolo como si fuera la mismísima Excálibur.
-¡Sal ahora mismo de mi casa o termino de deformarte a golpes, monstruo! –le grité envalentonado haciendo alusión a esa mano anómala y demoníaca.
Como un haz de luz divina se dibujó la presencia, una silueta maléfica, una sombra inicua. Atisbé su figura entre las tinieblas, y no titubeé: me lancé contra ella y agité el espejo a mi frente. Escuché un estallido de mil cristales. Por la altura del impacto supe que había acabado con su cara. Retrocedió. Jadeé cansado por el esfuerzo, el alcohol y el insomnio. No había proferido ningún aullido, a pesar de que estaba seguro de que su rostro ahora mismo debía estar sembrado de astillas de cristales y surcado de sangre. Todo mi cuerpo temblaba. El miedo crecía en mi interior. Lo oí recobrarse y avanzar lentamente, regodeándose en cada paso de su superioridad. Fuera, en lo más alto del cielo, las nubes se fugaron a otro lugar menos negro, dejando paso a un rayo de tibia luz lunar que se coló en el cuarto tímidamente. A menos de medio metro de mí se reveló el intruso. Dejé caer el espejo entre nosotros, mientras mi corazón se desbocaba a punto de romperse en trozos de espanto. El destello de la luna contra los cristales hundidos en su rostro me mostraban mi propia cara ensangrentada y dividida en los mil pedazos en los que se reflejaba. Mi sombra torturada, mi rostro fraccionado y roto en decenas de pedazos, y yo. Llevé la mano diestra a mi cara y sentí las gotas de sangre resbalarse por mi mejilla, mis ojos empapados en el líquido espeso, mi frente apuñalada de cristales, mis labios agrietados en el más estricto sentido de la palabra... Grité hasta desgañitarme, hasta arder mi pecho y perder el aire. Mis manos convulsionaban dudosas ante mi rostro: querían arrancar los trozos de espejo, y querían arrancar mi cabeza. ¿De alguna manera había errado el golpe? Tras dar tres zancadas iracundas alrededor del lugar donde se suponía que se hallaba “el intruso”, acabé por engancharme a su cuello, retorcerlo, apretarlo hasta la saciedad, ansioso de sentir entre mis dedos sudor, sangre, saliva... Le sacudí la cabeza virulento y rabioso, con una vehemencia demente, hasta que sentí cómo se desgarraba su piel y se desprendía la carne del hueso. El ruido que precedió a la caída de su cabeza fue semejante al que se produce cuando separas pedazos de goma-espuma con las manos. Entre las palmas de las mías, ni sangre, ni sudor, ni saliva ni lágrimas. Fue como rasgar una hoja de papel. Y, sin embargo, mi cabeza daba vueltas, sentí un mareo vertiginoso, un vértigo mordiente. Me sentía realmente furibundo. La sensación de tener el rostro acribillado por cristales era horrenda. Me enfurecía.
Sentí un reguero de frío descender por mi cuello hasta mi clavícula... El sueño me vencía. La fatiga se apoderaba de mí. Demasiadas emociones, demasiados esfuerzos, demasiada sangre derramada. El dolor se esfumaba. Me senté al borde la cama. Intenté contemplar el cadáver del intruso, pero no lo hallaba por ningún lado. La oscuridad lo había engullido. Me dejé caer de espaldas para, al fin, dormir. Con las piernas estiradas en el suelo y el torso reposando en el lecho, cómodo y relajado, y ajeno al dolor que me sobrecogía, intenté acariciar mi cara. Recorrí con cuidado y esmero los lugares en los que los cristales se hundían en mi carne, rozando levemente los hoyuelos que dejaban a su paso, y al tiempo intentaba limpiar la sangre. Me sentí aliviado. No había suplicio, el calvario del dolor que me había acuchillado ya era solo un mal recuerdo. Los cristales podían permanecer ahí. Eran parte de mi rostro descompuesto que ellos terminaban de reconstruir como un puzzle. Inspiré satisfecho, entre otras cosas, por mi victoria ante el horror de esa noche.
Tras exhalar un suspiro y alargarlo hasta la saciedad, el silencio me acogió, el cual dio paso a un gorjeo que me resultaba familiar. A centímetros de mi oreja, el grillo orador entonaba sus sermones. Pero no iba a enfadarme con él esta vez. Le debía una disculpa por aplastarle. Le dejé hacer. Con exasperante lentitud, se introdujo en el interior de mi oído y con su música eternamente en mi cabeza me indujo un sueño eterno.
Entre las capas de negrura y las frías mantas me revolví durante casi una hora. No dejaba de pensar en el bicho cantor y sus aires de advertencia cuando debía limitarse a adornar llanuras bucólicas en campos románticos y esas fantochadas eglógicas. Compartía con él su lecho de muerte, y el rastro de ésta parecía desear alzarse en una peste que no alcanzaba a imaginarse a sí misma; tan solo era mi cabeza jugándome malas pasadas: presentía un olor inexistente. Intenté incluso distraerme con el tic-tac del reloj de la mesilla, adjudicarle alguna música a su compás recio y cansino, hasta terminar contando el paso de los minutos. Esto acabó con mi paciencia, no soporté tener controlado el correr del tiempo que se me iba en segundos inutilizados. Alargué la mano para arrancarle las pilas y silenciarlo, quizá para siempre. Ni siquiera rocé el mueble cuando sentí un impulso en el aire, un golpe seco y al reloj precipitarse contra el suelo, astillarse y enmudecer, sin duda para siempre. El pánico atenazó mi garganta casi hasta la asfixia; dejé de respirar, alarmado y atento a cualquier otro ruido o fenómeno. No sabía qué demonios pensar, a qué achacarlo... Para mí el tiempo se había detenido en ese mismo instante. La habitación se había congelado. Así me invadió un frío ardiente. Cuando volví a espirar en busca de oxígeno, se desdobló mi respiración. Asumí que tenía algunos alvéolos obstruidos por mucosidades y todo esto eran ruidos pulmonares. No; mi aliento se distinguió individual junto a otro más. No estaba solo en la habitación, y quien quiera que estuviera observándome era de vigoroso pecho, pues así se alzó su resuello hasta descomponerse por su propia fuerza. Sumido en un silencio mortuorio, a merced del pánico, me apreté contra las sábanas. Estaba haciendo el ridículo. Un malhechor, con el mayor de los sigilos, había entrado en mi piso y yo me acobardaba, dándole la oportunidad de hacerme daño. Resuelto a defenderme, y aprovechando la poca entereza del intruso que parecía haberse volatilizado, lancé con decisión mi mano temblorosa contra la palanca de la luz. A escasos centímetros, mi dorso fue abofeteado y apartado del interruptor. Ahogué un grito y me hundí en la cama, retrocediendo al pie de ésta. Había sentido el roce fantasmal de algo diabólico. Esa mano espectral que frenó la mía mortal era húmeda, gélida, viscosa, y parecía estar repleta de bultos. No estaba seguro si era sensato catalogarla de extremidad. Salté del lecho con un grito roto de guerra en dirección al espejo y lo descolgué de su alcayata, blandiéndolo como si fuera la mismísima Excálibur.
-¡Sal ahora mismo de mi casa o termino de deformarte a golpes, monstruo! –le grité envalentonado haciendo alusión a esa mano anómala y demoníaca.
Como un haz de luz divina se dibujó la presencia, una silueta maléfica, una sombra inicua. Atisbé su figura entre las tinieblas, y no titubeé: me lancé contra ella y agité el espejo a mi frente. Escuché un estallido de mil cristales. Por la altura del impacto supe que había acabado con su cara. Retrocedió. Jadeé cansado por el esfuerzo, el alcohol y el insomnio. No había proferido ningún aullido, a pesar de que estaba seguro de que su rostro ahora mismo debía estar sembrado de astillas de cristales y surcado de sangre. Todo mi cuerpo temblaba. El miedo crecía en mi interior. Lo oí recobrarse y avanzar lentamente, regodeándose en cada paso de su superioridad. Fuera, en lo más alto del cielo, las nubes se fugaron a otro lugar menos negro, dejando paso a un rayo de tibia luz lunar que se coló en el cuarto tímidamente. A menos de medio metro de mí se reveló el intruso. Dejé caer el espejo entre nosotros, mientras mi corazón se desbocaba a punto de romperse en trozos de espanto. El destello de la luna contra los cristales hundidos en su rostro me mostraban mi propia cara ensangrentada y dividida en los mil pedazos en los que se reflejaba. Mi sombra torturada, mi rostro fraccionado y roto en decenas de pedazos, y yo. Llevé la mano diestra a mi cara y sentí las gotas de sangre resbalarse por mi mejilla, mis ojos empapados en el líquido espeso, mi frente apuñalada de cristales, mis labios agrietados en el más estricto sentido de la palabra... Grité hasta desgañitarme, hasta arder mi pecho y perder el aire. Mis manos convulsionaban dudosas ante mi rostro: querían arrancar los trozos de espejo, y querían arrancar mi cabeza. ¿De alguna manera había errado el golpe? Tras dar tres zancadas iracundas alrededor del lugar donde se suponía que se hallaba “el intruso”, acabé por engancharme a su cuello, retorcerlo, apretarlo hasta la saciedad, ansioso de sentir entre mis dedos sudor, sangre, saliva... Le sacudí la cabeza virulento y rabioso, con una vehemencia demente, hasta que sentí cómo se desgarraba su piel y se desprendía la carne del hueso. El ruido que precedió a la caída de su cabeza fue semejante al que se produce cuando separas pedazos de goma-espuma con las manos. Entre las palmas de las mías, ni sangre, ni sudor, ni saliva ni lágrimas. Fue como rasgar una hoja de papel. Y, sin embargo, mi cabeza daba vueltas, sentí un mareo vertiginoso, un vértigo mordiente. Me sentía realmente furibundo. La sensación de tener el rostro acribillado por cristales era horrenda. Me enfurecía.
Sentí un reguero de frío descender por mi cuello hasta mi clavícula... El sueño me vencía. La fatiga se apoderaba de mí. Demasiadas emociones, demasiados esfuerzos, demasiada sangre derramada. El dolor se esfumaba. Me senté al borde la cama. Intenté contemplar el cadáver del intruso, pero no lo hallaba por ningún lado. La oscuridad lo había engullido. Me dejé caer de espaldas para, al fin, dormir. Con las piernas estiradas en el suelo y el torso reposando en el lecho, cómodo y relajado, y ajeno al dolor que me sobrecogía, intenté acariciar mi cara. Recorrí con cuidado y esmero los lugares en los que los cristales se hundían en mi carne, rozando levemente los hoyuelos que dejaban a su paso, y al tiempo intentaba limpiar la sangre. Me sentí aliviado. No había suplicio, el calvario del dolor que me había acuchillado ya era solo un mal recuerdo. Los cristales podían permanecer ahí. Eran parte de mi rostro descompuesto que ellos terminaban de reconstruir como un puzzle. Inspiré satisfecho, entre otras cosas, por mi victoria ante el horror de esa noche.
Tras exhalar un suspiro y alargarlo hasta la saciedad, el silencio me acogió, el cual dio paso a un gorjeo que me resultaba familiar. A centímetros de mi oreja, el grillo orador entonaba sus sermones. Pero no iba a enfadarme con él esta vez. Le debía una disculpa por aplastarle. Le dejé hacer. Con exasperante lentitud, se introdujo en el interior de mi oído y con su música eternamente en mi cabeza me indujo un sueño eterno.