La luna llena era un borrón
difuso en el cielo desdibujado de nubes pasada ya la medianoche de aquél 7 de
agosto. Hacía unos momentos, una llovizna punzante como una cortinilla efímera
había enlodado las calles mal asfaltadas, y el olor a tierra mojada se hacía
inmenso en el ambiente. El mísero ufano, que caminaba
–tanteaba el suelo con los pies- en mitad de la carretera, no se inmutaba ante
la miasma que desprendían las aceras, ni ante la estrella que procuraba dejarse
ver entre tanta opacidad luminiscente
que desprendían las sucias farolas, ni ante los insultos que le profería
la conductora del Seat Panda destartalado que avanzaba a trompicones detrás del
mísero ufano.
-¡Apártate, mísero ufano, o te atropellaré,
que mi vida tiene más prisa que la tuya! –chillaba la mujer sin rostro (en su
lugar, podían adivinarse potingues negros, azules y rosas diseminados y
mezclados entre sí) a la par que tocaba el claxon, ensordeciéndose a sí misma.
Pero el mísero ufano era sordo,
ciego y mudo. No vivía, intuía. Así llevaba ralentizando a la histérica señora
hasta que ésta, por fin, encontró una salida, un escape, una fuga, una
salvación, y aceleró desviándose por una calle prohibida, en sentido opuesto.
El mísero ufano no se inmutó ante el estallido del encontronazo que tuvo la
mujer de frente con un Alfa Romeo bien afilado, ni ante los dos jóvenes que se
abrazaban en el banco de un parque como si fuera lo último que hicieran, ni
ante el barranco que ciertamente intuyó al término de su camino. Llegó derecho,
dispuesto, y se frenó ante el borde, tanteándolo con el pie. A medio metro de
él, un anciano enjuto y raquítico de larga barba gris fumaba hierba por una
diminuta pipa en gesto reflexivo y con una sonrisa eufórica. El mísero ufano se
percató del aroma rancio que desprendía el viejo, pero no paró de tantear con
el pie el borde del barranco. Aquél vejestorio soltó una carcajada airosa.
-¡Tú ereh’ un mísero ufano! Lo
sé por tu ‘seguera’, tu mudeh’ y tu sonrisa sardónica. ¡Tenemoh’ la ‘mihma’
sonrisa sardónica! Ereh’ tan ‘masilento’ como ‘mehquino’, mísero ufano –suspiró
todo el humo de su última calada a la altura de la cintura del mísero ufano.
-¿Adónde vah’ con tanto miedo, tanteando con disimulada osadía?
La pregunta tenía un tono
mordaz que habría ofendido al mísero ufano si no fuera tan mísero, tan ufano y
tan sordo. Se limitó a dejar caer su vacía mirada al vacío del barranco; aun
teniendo la capacidad de ver, no habría advertido nada ante la negrura de esa
madrugada, ni los pedruscos afilados que sembraban el terreno, ni las zarzas
que lo revestían con malicia, ni la arisca tierra sucia sembrada de heces secas
de perro.
-¿Adónde vah’, mísero ufano,
ahora con tanta ‘desisión’? –preguntó el viejo levísimamente alarmado (seguía
interesándose más por el sabor de su embrollo de hierbas) por los pisotones que
daba ahora el mísero ufano; ya no tanteaba, escarbaba con la planta del pie
echando gravilla hacia atrás como un toro desafiante a punto de embestir que se
jacta de valiente. –No corrah’, ¿eh? Hay un ‘dehpeñadero’ ‘juhto’nfrente de ti
–advirtió con una suave voz el vetusto barbudo.
Pero el mísero ufano, sordo,
sin tornar la inexpresividad de su rostro más que por una sonrisa aún más
sardónica, se lanzó hacia adelante con la intensión de correr, mas ya el primer
paso fue en vano a la nada, y el mísero ufano se despeñó por el despeñadero.
Fue un viaje intenso para alguien tan mísero y ufano: las zarzas las recibía
como colchones que se le hundían en las zonas más sensibles, duros colchones,
y, seguidamente, la sensación de crudeza de las rocas vivas que le dejaron la
piel en carne viva, para luego perfumarse de heces secas de perro. Para el
mísero ufano, el viaje había sido tan corto como la realidad en sí, y pronto
llegó abajo empolvado como un cadáver desamparado, reflejando en gestos
horripilantes y tórridos el dolor que sentía en cada rincón de su ser. Tan
mísero estaba con una paleta menos, un canino perdido, otro partido, y dos incisivos
enterrados en las encías; con las ropas hechas jirones, ajadas, y sangrantes
las heridas que mostraban; con un tobillo torcido y un hombro dislocado; sí,
así su aspecto era mucho más mísero y ufano. Resollaba como si le faltara el
aire (tendría rota alguna costilla, y quizás alguna hemorragia interna), con la
frente presionada contra la tierra baldía, respirando polvo tan solo. El mísero
ufano saboreó su propia sangre, la tragó, la degustó; y centró sus pocos
sentidos en las lesiones que desfiguraban su cuerpo; hasta lamió algo de barro
con su lengua palpitante y temblorosa repleta de mordidas. Sí, el mísero ufano
se ufanaba de sentir tanto después de tanta insensibilidad. Para él estaba
claro: los sentidos eran una completa fatalidad. A la conclusión llegó
resoplando, soportando ahora un principio de asfixia. Y, resoplando también,
bajaba por el barranco un muchacho bienaventurado a la carrera. Levantaba una
polvareda tras él que podría definirse como triunfal. Al llegar al pie del
desventurado mísero ufano, detuvo su agitado paso dándole un rodeo con una
mueca de expectación en su rostro.
-¡Ya le’ije que no corriera,
que tenía un barranco’nfrente! –gritó desde las alturas el vejestorio.
-Estás bien mísero y ufano.
¿Puedo hacer algo por ti? –murmuró el chico con un hilo de voz mientras
recobraba el aliento.
Al mísero ufano le faltaba
demasiado oxígeno. Se llevó las manos al pecho, volteándose boca arriba, y los
dedos también delataron varias roturas. Así, el muchacho corredor, al que
llamaremos "El mancebo extraviado",
descubrió el rostro del mísero ufano, contraído de la tortura que había sufrido
voluntariamente, y moteado de migas de heces secas de perro. Se arrodilló ante
él y posó el bienaventurado la palma de su mano en la frente del desventurado,
pues nada más sintió que podía hacer, porque lo sintió a morir.
-No te pierdes nada –susurró "El mancebo extraviado" con pesadumbre y
una sombra en los ojos, no mayor que la que cubría a los del mísero ufano.
El mísero ufano tosió y salpicó
su sangre al rostro del mancebo, manchándole la vista de escarlata. El
bienaventurado dio un salto hacia atrás, asustado, pero, más aún, molesto.
-¡Podrías toser para otro lado,
maldito mísero ufano! –vociferó contra el mísero moribundo.
"El mancebo extraviado" se dio la vuelta y se marchó al trote,
llevando consigo la esencia de un mísero ufano goteándole por la barbilla sobre
el pecho y recorriéndole el tórax hasta su vientre y más allá.
El mísero ufano gorjeó con
pesar y notó más rota su garganta de lo que ya lo estaba sin voz. Como un
hálito de esperanza, recobró por un momento el aliento para poder seguir
padeciendo, lo que no era muy alentador. El vejestorio jugueteaba con su pene
mientras observaba la escena calando de la pipa. Una brisa mortuoria llevó el
humo hasta la nariz del mísero ufano, y éste volvió a captar el olor de la
hierba rancia. Inspiró profundamente y suspiró con cierta exasperación. El
dolor se le marchaba, mas la vida seguía ahí, sin motivo alguno, sentada a su
lado con el codo apoyado en una de sus rodillas y la barbilla reposando en la
palma de su mano, como si disfrutara del espectáculo. La vida comenzó a morderse
las uñas. Fue entonces cuando, por primera vez en su existencia casi
inalterable, el mísero ufano oyó en la lejanía el chocar de los dientes de la
vida al arrancar un trocito de uña. Afinó su oído como pudo, pues no lo
conocía, y comenzó a escuchar con más atención. Ese
tac,
tac,
tac le llenaba
la cabeza como si tuviera eco dentro de sí. Comenzó a escuchar también los
sorbidos que hacía la vida al chuparse la punta de sus dedos babeados.
Slurp,
slurp,
tac,
tac,
slurp. Lo era todo para el mísero ufano. Las llagas de su
espalda sangraron hasta sentirse el mísero ufano en un lecho de lodo y polvo.
Tac,
slurps,
tac,
tac. Tal fue su emoción, que sus gorjeos emitieron ciertos
sonidos ininteligibles, mas sonidos al fin y al cabo.
Tac,
tac,
tac.
-Tac…, tac… -masculló el mísero
ufano, y habló por primera vez en su existencia casi inalterable.
La vida suspiró y empezó a
limarse las uñas.
Ris,
ris,
ris. El mísero ufano suspiró casi agradecido y
soltó una expresión de alivio: “Aaah”.
Ris,
ris,
ris. Lo era todo para el
mísero ufano. La vida tomaba ese momento como una comedia. El mísero ufano
renacía a las puertas de su fallecimiento.
-Tacris… Ristac… -esos sonidos
eran todos suyos, y los saboreaba haciendo con ellos lo que le viniera en gana.
La vida resopló y se puso en
pie con intención de marcharse a visitar por un tiempo a la libertad. Oteó el
horizonte, y vislumbró los primeros rayos de sol. Miró al mísero ufano con
indiferencia. Miró entonces al cielo aún estrellado. Volvió a mirarle a él.
El mísero ufano comenzó a
presentir la luz nocturna. Al mísero ufano, por primera vez en su existencia
casi inalterable, se le retiró la cortina de tinieblas que cubría sus pupilas.
Tan solo el ojo izquierdo, pues el derecho estaba repleto de sangre, vio la luz
y sintió su dolor; en la lejanía de la bóveda negruzca, una estrella se hizo
inmensa y acaparó toda la nueva visión del ya no tan mísero pero siempre ufano
desventurado. Como una supernova se le apareció el astro, y todo era una
centella incandescente bordeada de penumbras. Él pensó en una aparición divina
del Supremo Hacedor, pero tan solo era la intensidad de la primera vez. Una
gota del éter cayó y limpió su ojo derecho de sangre; vio más luz y sintió más
su dolor. Casi volvería a cegarse de tal resplandor, mas él mantenía los
párpados abiertos de par en par con el resto de sus fuerzas, con desesperación
incluso. Escuchó los pasos de la vida rondándole, colmó su mirada de luz.
Entonces, gritó todo lo que se le permitió. Un aullido fiero de mísero ufano
desesperado que inundó los parajes. Hasta el vejestorio dio un respingo y se
apretó los huevos más de la cuenta.
-¡Carajo con el miserable! No
puede uno vivíh’ en pah’, Señóh’ –farfulló con pasividad, ciertamente
sorprendido, pero igualmente neutral que siempre.
El rugido del mísero ufano no
se prolongó mucho más. La vida se sintió hasta ofendida, y no soportó la
ronquera de su voz, por lo que huyó a páramos de la libertad y dejó al mísero
ufano solo desahogándose. El mísero ufano se desecó con ese clamor que era todo
suyo, y polvo fue sobre el lodo de su sangre. El vejestorio, al salir el sol,
fue a lavarse la cara y la barba en ese fango. Desde entonces, le vino muy bien
acicalarse todas las mañanas.