Alberto Fernández

viernes, 16 de mayo de 2014

Dictado de miserables

Y cuando el malvado,
que asola la tierra,
domeñe a las flores
con espada negra
de sangre manchada;
y cuando su puño
se agite contra los cielos,
y tiembles estos;
cuando el malvado,
desgraciado,
escupa rancia su saliva
al mar turbio,
se envenenará la tierra,
se encorvarán los árboles,
se arrugarán;
cuando así haya satisfecho
su sed miserable,
el mundo gritará
para que alguien
se acuerde
del día de su muerte.

martes, 6 de mayo de 2014

Carta a J.N.S.

Mi dulce perdición,

                echo tanto de menos sentirme derrotado, muerto y mil veces perdido a tu lado. Presa estéril de tu fuego helado.
                Nada hay en este mundo sórdido que abata mi alma como es el recuerdo de las tinieblas engrosadas por tu mirada, la que abultaba entre las sombras, la que entretejía umbras. Ciego desolado por tu mirada. No hay en mi existir más gota de luz que la intuición de tus pupilas, la adivinación, o la imaginación de ellas; pues ¿qué eran tus pupilas sino párpados sucios? Así no puedo más que trasoñarlas, emponzoñándome con el utópico titilar de unos falaces ojos lacrimosos encuentro yo algo parecido a las estrellas; soles en mi vida no quedan: despojos de supernovas, rastrojos de estelas como lamparones de tinta. ¡Tinta que te lloro en verso, prosa y diagonal, que desea ser lluvia, que desea germinar tu pecho de felicidad!
                Mi amarga fruición…, por verme en tu ver ¿qué daría yo sino todo mi ser? Por un certero saber de que tus ojos fueron reales. Por la ciencia de su centella. Por el secreto de su brillo. Por un astro que sea mi faro. (Recuerdo… ¿Recuerdo? …Sí, creo que puedo evocar…, entre tantísima oscuridad…, una leve claridad de mármol quizás erizada y tierna… Sí: quizás yo acaricié esa luminiscencia; quizás el rubor fue motivo de mi aspereza, de mi cruda piel… Alucinaciones de una mente atormentada, asustada y desesperada)

<<Si fuere amado,
del amor;
si amare condenado,
a una flor>>.


                Tal es mi maldición. Tal eres, ‘efímera, como una rosa, lozana y altanera’, ¡mas de oro blanco! Casi adamantina: inmortal y perenne para mi memoria enferma. Tengo que arrastrar la cadena infinita y titánica de tu fugacidad (¡como uno de esos meteoros, tan bello!, así me has hecho hermoso, ¡mas tan solo un deseo!). Un pesar… al que he de amar: ¡tan solo tu intuición!
              Puedo ser y seré el loco más insensato; que me aten, maniaten, degüellen, cosan mi boca, la tachen, y me fulminen; a mi lado estuviste, y abrazada, ¡oh falacia, espejismo, quimera! ¡Abrazada! ¡Y a mí! ¡Que me fulminen!





                                                                                                                                    A mi musa de alabastro,
                                                                                                                                    eternamente enamorado,
                                                                                                         y con todo el amor que nunca supe darte,
                                                                                                                                                          Bébert Fdez.

domingo, 9 de marzo de 2014

La zarpa pérfida

            En una noche de espejismos y tórridos quebrantos estaba yo acurrucado bajo la luz del satélite muerto tras la ventana, recostado en el inmenso sofá negro recubierto de blancos fulares, recorriendo con la mirada unas líneas sin leerlas de un poemario abstracto. Ocupaban mis pensamientos los muslos alabastrinos de una mujer diferida en mi memoria; ocupaba la mesa de vidrio una exuberante botella de vodka Smirnoff medio llena o medio vacía –no sabría decirlo con certeza- que me traía a la garganta la amargura incandescente del tesoro de entre sus ingles. El resplandor de un flexo mustio danzaba con su llama en el interior de la botella; una flama acuosa que tornaba el licor en algo cálido y no calcinador me alentaba a beber, como un juego de miradas seductoras. A intervalos dilatados por mi embebecimiento y el del sueño que me atenazaba, algún verso insondable me desengañaba del atractivo del alcohol, y algún otro me inspiraba la rebeldía para acometerlo y libar. Titubeaba dentro de mí intentando rememorar a la dueña de aquéllas piernas marmóreas, mas al filo de comprender el candor de su doncella piel y conocer su rostro, la evocación se colmaba en negrura y desaparecía todo rastro de ella; tan solo restaba el blanco anhelo, y de nuevo un confuso paseo entre sus vellos erizados como seda arrugada: tersos y tiernos. Así era la noche: de una opacidad deformada.
            Se forjó la madrugada de silencio y nubes. La luna se distorsionaba en la lejanía. Permanecí en una inquietante duermevela hasta que mi cabeza cedió sobre mi pecho. Retumbando de cansancio mis sienes, temblando de fatiga mis brazos, me incorporé como pude apoyándome en el respaldo del sillón con un codo. Resoplé de hastío. En mi mano derecha el libro se había abierto de par en par, mas ante mis ojos las letras lucían borrosas. Lo dejé en el suelo, al pie de la mesa, al tiempo que me alzaba. Me sorprendió un tambaleo que desorientó mi existencia entera por unos segundos. Busqué fuerzas en el vodka y eché un trago a mis entrañas para desperezarlas; todo mi vello se erizó contra mí, y se encogió mi pellejo. Un suspiro hediondo, que impregnó el aire ya pútrido, viciado y abandonado de mi piso solitario, fue mi buenas noches para el mundo. Apagué la jorobada lámpara en el estante empolvado, en éste mismo dejé la botella de Smirnoff, y me dirigí entre las sombras espesas hacia mi dormitorio, guiándome por inercia. Del aburrimiento de los interminables días vetustos en soledad había contado trece pasos del salón al cuarto donde pasaba las noches en mi apatía crónica, cruzando el pasillo que, en ese instante, se me antojó infinito. Uno, dos, tres, cuatro… Eructé, y mi boca se anegó de la amarga bilis enfermiza que desprende el exceso en tripas maltratadas. Once, doce, trece, catorce, quince, dieciséis, dieciséis, dieciséis, diecisiete, diecisiete, dieciocho... Desconcertado, detuve mi torpe andar a mitad de la odisea. El longevo pasadizo, inundado en la oscuridad, fue sacudido por el vaho insuflado por un aliento fétido desconocido que evocó al hogar entero a la muerte. Las tinieblas osaron desprenderse de las mugrientas paredes y cobrar vida, tornar sus formas, danzar sinuosas a mi alrededor, provocativas. Crecían y decrecían. Se abultaban furiosas y se encogían intimidadas por su propia fuerza. Me sentí flotando en la inmensidad, como si el mundo se hubiera descolgado y oscilara desequilibrado, y fuera yo presa de su balanceo impredecible que bien podía romper con todo en millares de trozos, y llevarme consigo al vacío que me acorralaba. Lo que pareció durar una eternidad se esfumó con el mismo jadeo apestoso que me invadió al principio, y la vertiginosa sensación de desvanecimiento desapareció del umbral de mi visión. La claridad natural de la noche me descubrió a mí mismo paralizado en mitad del corredor. Achaqué todo esto a la ebriedad que me embargaba. Cerré los ojos, apretando los párpados con todos mis nervios, exasperado por el sentimiento de miedo que osó azuzarme a estas alturas de mi resentimiento taciturno, de mi vida.

            Dejando atrás la emoción pasada, avancé al fin hasta mi dormitorio y penetré en él con rapidez desesperada, lo que me hizo remembrar aquellos momentos de mi infancia en los que, antes de acostarme, daba una pequeña carrera hasta mi cama con la aterradora sensación de que monstruos quiméricos me perseguían por la casa. Una vez dentro de la habitación, cerré la puerta y giré la llave oxidada que siempre colgaba del interior. Me arranqué mis agobiantes ropas, ansioso. Ya desnudo, me decidí a encender la luz. El interruptor se encontraba sobre el cabecero del lecho excesivamente grande para mí y mi soledad; una cama para dos con un doble fondo en el colchón que guardaba anhelos hechos triza. Ya más calmado, me giré para hurgar en el espejo que se erigía al pie del camastro, mediano, ínfimo, mostrando mi persona demacrada de pecho hacia arriba. Despeiné, volví y revolví mi media melena para ocultarme tras la maraña de pelos sucios. Con una media vuelta me enfrenté al desamparo que desprendían las sábanas revueltas en terreno tan descomunal. Fue entonces cuando me sobresaltó el retumbar contra las paredes del cuarto del gorjeo de un grillo que, seguramente, se habría colado por la ventana entreabierta. Di un buen respingo ya amedrentado por la experiencia en el pasillo, pero un suspiro exasperado me devolvió el equilibrio. En la otra orilla de la cama el bicho canturreaba vanidoso y con firmeza; era la primera vez -que yo supiera- que un grillo no detenía su entonación lastimera al topar con un gigante ser atronador y torpe como era el humano. Hinqué una rodilla sobre el colchón, estiré el tronco y extendí ambos brazos a los lados, dispuesto a cazarlo. Poco a poco los fui dirigiendo a él, para atraparlo en una tenaza y soltarlo fuera por la ventana. En el momento me permití analizarlo y un escalofrío recorrió mi espinazo al asaltarme la certeza de que me miraba fijamente, sin temor, confiado. A medida que mis manos, turbadas, se cerraban en torno a él, su tonada se engrandecía, el ruido se ampliaba ancho y colosal, inundó la casa entera, y mi frente de sudor frío. La cantiga me desesperó, mis nervios a flor de piel; perdí el control y la histeria me llevó a aplastarlo estruendosamente entre mis palmas. Jadeé con el cráneo martilleado por su infernal salmo en forma de diatriba. Apreté los dientes y tensé la mandíbula, ahora encrespado por tener las tripas del grillo chafadas en mis manos. Con un gesto de asco, y volviendo la cara para no mirar, limpié el estropicio en las mantas y me agazapé en mi lado de la cama alterado; de reojo pude distinguir el reguero de sangre negra, cual si fuera tinta, esparcido sinuosamente, sobresaliendo del grumoso líquido las patas y las antenas raquíticas rotas como diminutas ramas. Ahora hasta los insectos me maldicen, pensé irritado. Di un golpe a la palanca de la luz y sobre mí se cernió la oscuridad dispuesta a adormecerme..., o eso creí yo.
            Entre las capas de negrura y las frías mantas me revolví durante casi una hora. No dejaba de pensar en el bicho cantor y sus aires de advertencia cuando debía limitarse a adornar llanuras bucólicas en campos románticos y esas fantochadas eglógicas. Compartía con él su lecho de muerte, y el rastro de ésta parecía desear alzarse en una peste que no alcanzaba a imaginarse a sí misma; tan solo era mi cabeza jugándome malas pasadas: presentía un olor inexistente. Intenté incluso distraerme con el tic-tac del reloj de la mesilla, adjudicarle alguna música a su compás recio y cansino, hasta terminar contando el paso de los minutos. Esto acabó con mi paciencia, no soporté tener controlado el correr del tiempo que se me iba en segundos inutilizados. Alargué la mano para arrancarle las pilas y silenciarlo, quizá para siempre. Ni siquiera rocé el mueble cuando sentí un impulso en el aire, un golpe seco y al reloj precipitarse contra el suelo, astillarse y enmudecer, sin duda para siempre. El pánico atenazó mi garganta casi hasta la asfixia; dejé de respirar, alarmado y atento a cualquier otro ruido o fenómeno. No sabía qué demonios pensar, a qué achacarlo... Para mí el tiempo se había detenido en ese mismo instante. La habitación se había congelado. Así me invadió un frío ardiente. Cuando volví a espirar en busca de oxígeno, se desdobló mi respiración. Asumí que tenía algunos alvéolos obstruidos por mucosidades y todo esto eran ruidos pulmonares. No; mi aliento se distinguió individual junto a otro más. No estaba solo en la habitación, y quien quiera que estuviera observándome era de vigoroso pecho, pues así se alzó su resuello hasta descomponerse por su propia fuerza. Sumido en un silencio mortuorio, a merced del pánico, me apreté contra las sábanas. Estaba haciendo el ridículo. Un malhechor, con el mayor de los sigilos, había entrado en mi piso y yo me acobardaba, dándole la oportunidad de hacerme daño. Resuelto a defenderme, y aprovechando la poca entereza del intruso que parecía haberse volatilizado, lancé con decisión mi mano temblorosa contra la palanca de la luz. A escasos centímetros, mi dorso fue abofeteado y apartado del interruptor. Ahogué un grito y me hundí en la cama, retrocediendo al pie de ésta. Había sentido el roce fantasmal de algo diabólico. Esa mano espectral que frenó la mía mortal era húmeda, gélida, viscosa, y parecía estar repleta de bultos. No estaba seguro si era sensato catalogarla de extremidad. Salté del lecho con un grito roto de guerra en dirección al espejo y lo descolgué de su alcayata, blandiéndolo como si fuera la mismísima Excálibur.
          -¡Sal ahora mismo de mi casa o termino de deformarte a golpes, monstruo! –le grité envalentonado haciendo alusión a esa mano anómala y demoníaca.
          Como un haz de luz divina se dibujó la presencia, una silueta maléfica, una sombra inicua. Atisbé su figura entre las tinieblas, y no titubeé: me lancé contra ella y agité el espejo a mi frente. Escuché un estallido de mil cristales. Por la altura del impacto supe que había acabado con su cara. Retrocedió. Jadeé cansado por el esfuerzo, el alcohol y el insomnio. No había proferido ningún aullido, a pesar de que estaba seguro de que su rostro ahora mismo debía estar sembrado de astillas de cristales y surcado de sangre. Todo mi cuerpo temblaba. El miedo crecía en mi interior. Lo oí recobrarse y avanzar lentamente, regodeándose en cada paso de su superioridad. Fuera, en lo más alto del cielo, las nubes se fugaron a otro lugar menos negro, dejando paso a un rayo de tibia luz lunar que se coló en el cuarto tímidamente. A menos de medio metro de mí se reveló el intruso. Dejé caer el espejo entre nosotros, mientras mi corazón se desbocaba a punto de romperse en trozos de espanto. El destello de la luna contra los cristales hundidos en su rostro me mostraban mi propia cara ensangrentada y dividida en los mil pedazos en los que se reflejaba. Mi sombra torturada, mi rostro fraccionado y roto en decenas de pedazos, y yo. Llevé la mano diestra a mi cara y sentí las gotas de sangre resbalarse por mi mejilla, mis ojos empapados en el líquido espeso, mi frente apuñalada de cristales, mis labios agrietados en el más estricto sentido de la palabra... Grité hasta desgañitarme, hasta arder mi pecho y perder el aire. Mis manos convulsionaban dudosas ante mi rostro: querían arrancar los trozos de espejo, y querían arrancar mi cabeza. ¿De alguna manera había errado el golpe? Tras dar tres zancadas iracundas alrededor del lugar donde se suponía que se hallaba “el intruso”, acabé por engancharme a su cuello, retorcerlo, apretarlo hasta la saciedad, ansioso de sentir entre mis dedos sudor, sangre, saliva... Le sacudí la cabeza virulento y rabioso, con una vehemencia demente, hasta que sentí cómo se desgarraba su piel y se desprendía la carne del hueso. El ruido que precedió a la caída de su cabeza fue semejante al que se produce cuando separas pedazos de goma-espuma con las manos. Entre las palmas de las mías, ni sangre, ni sudor, ni saliva ni lágrimas. Fue como rasgar una hoja de papel. Y, sin embargo, mi cabeza daba vueltas, sentí un mareo vertiginoso, un vértigo mordiente. Me sentía realmente furibundo. La sensación de tener el rostro acribillado por cristales era horrenda. Me enfurecía.
          Sentí un reguero de frío descender por mi cuello hasta mi clavícula... El sueño me vencía. La fatiga se apoderaba de mí. Demasiadas emociones, demasiados esfuerzos, demasiada sangre derramada. El dolor se esfumaba. Me senté al borde la cama. Intenté contemplar el cadáver del intruso, pero no lo hallaba por ningún lado. La oscuridad lo había engullido. Me dejé caer de espaldas para, al fin, dormir. Con las piernas estiradas en el suelo y el torso reposando en el lecho, cómodo y relajado, y ajeno al dolor que me sobrecogía, intenté acariciar mi cara. Recorrí con cuidado y esmero los lugares en los que los cristales se hundían en mi carne, rozando levemente los hoyuelos que dejaban a su paso, y al tiempo intentaba limpiar la sangre. Me sentí aliviado. No había suplicio, el calvario del dolor que me había acuchillado ya era solo un mal recuerdo. Los cristales podían permanecer ahí. Eran parte de mi rostro descompuesto que ellos terminaban de reconstruir como un puzzle. Inspiré satisfecho, entre otras cosas, por mi victoria ante el horror de esa noche.
          Tras exhalar un suspiro y alargarlo hasta la saciedad, el silencio me acogió, el cual dio paso a un gorjeo que me resultaba familiar. A centímetros de mi oreja, el grillo orador entonaba sus sermones. Pero no iba a enfadarme con él esta vez. Le debía una disculpa por aplastarle. Le dejé hacer. Con exasperante lentitud, se introdujo en el interior de mi oído y con su música eternamente en mi cabeza me indujo un sueño eterno.

viernes, 21 de febrero de 2014

Un sueño

Sintiéndome sobrecogido por las ausencias, los anhelos, las evocaciones emponzoñadas de deseos y por los desdenes que presentaba mi insulsa melancolía; por las derrotas y las insípidas victorias; por la incandescente oscuridad y las frías mañanas grisáceas; por la vida misma sobrecogido, y atrapado por una inmensa vigilia, aparté las sábanas que me mal tapaban de una patada exasperada y salté de la destartalada cama casi alarmado por un impulso de dejarlo todo atrás. Atravesé mi cuarto de dos zancadas, abrí la puerta de un estruendoso empujón, astillándola toda, y entonces me sobrecogió un destello de luz como un torrente de agua, y luego la nada en una centella.
            Cuando el vacío se despejó como un jadeo dispersa una bocanada de bruma, en una visión nebulosa se me presentó el más ilusorio paraje que mi mente alcanza a remembrar. Todo estaba colmado de orquídeas, tulipanes y amapolas de colores pasteles. Me inundaron sus perfumes igual de acaramelados, y así descubrí el olor del magenta, el celeste, los rosas y los amarillos, los púrpuras, y hasta del gris. Un campo repleto de flores cercado por unos pinos oscuros que no dejaban ver más allá de las agujas que eran sus hojas: tan solo una insomne negrura. Corrí hacia la pradera por entre ese bosque de pétalos, dejando atrás la idea de toda salida. Al percibir el centro del lugar bajo mis pies, me tiré en la tierra húmeda con el pecho por delante, me revolqué dejando que las plantas me cubrieran y ocultaran, y resté boca arriba a respirar y sentir. Mas no sentía. No habían emociones en mí. Era yo un ser inerte movido por vientos oníricos.
            Supe entonces que había huido de mis regiones inicuas para penetrar en otras peores de trampas y desengaños. La luz del sol se derramaba hastiada en un tono gris que no alcanzaba a tener matiz propio, y el mismo sol se ocultaba en un cielo despejado de color polvo, cual si fuera invisible. El ambiente se tornó turbio y desesperante. Una calma que no precedía a la tempestad, sino que la infiltraba a traición. Con un quejido mudo de esfuerzo al que le costó partir de entre mis labios, me arrastré de espaldas valiéndome de las plantas de mis pies a través de los tallos recubiertos de inquietante musgo podrido; el hedor húmedo me asfixiaba, pero parecía que levantarme y salir a la superficie de este mar de flores era una opción mucho más demente. Podía sentir el peligro suspendido en el aire a escasos metros por encima de mí, deseando cernerse sobre mi cabeza y decapitarme. Sí, podía intuir esa amenaza.
               En tanto que seguí reptando como un gusano, pude empezar a notar cómo amapolas, tulipanes y orquídeas crecían y crecían a mi alrededor, borraban mi rastro y me dejaban atrás, lejos, en la pútrida tierra abandonado, proyectándome sus maliciosas sombras a medida que se agigantaban y renunciando a mí. Intenté reaccionar, pues las consideraba toda mi protección, mi amparo y mi custodia. Clamando sordamente por ellas, me puse en pie: habían frenado su desarrollo, pero ya los pétalos me acariciaban los labios cuando antes, apenas, las rodillas. En esa jungla de flores idílicas, tan bucólicas como sus siniestros colores imperfectamente perfectos, resté respirando agitadamente por el extraño fenómeno acontecido, y a continuación maldije con otro grito sordo: estaba en pie, a merced de las amenazas del lugar. Desde mis anchos bigotes hasta mi prominente y sudorosa frente era un blanco fácil. Miré a todos lados, asustado pero alerta. Fue entonces cuando la descubrí. Ante mi atónita mirada de súbito apareció una catedral gótica de envergadura titánica, erigiéndose soberbia y brillante, altanera en su belleza, de muros dorados y arcos negros. Un inmenso vitral redondo de colores tan indefinibles como los de la floresta parecía mirarme desde su centro mismo, fijamente, y, para alimento de mi pánico, con cierto tono de reproche y aun de furia. Semejaba el ojo de una bestia, tintineando sus matices policromáticos a la luz del astro invisible. Fue por aquél entonces cuando le encontré sentido a la rima XXXIX de Bécquer.
               Enmudeció el mundo para deleite de la vanidad de la catedral. Una brisa metálica traía sibilante el eco de algo grandioso. En lo alto, una sola de las doce campanas que formaban dos filas perfectas en la azotea de la catedral se dispuso a restallar y restallar en un sonido atroz con una fuerza temible. Tan vertiginosamente se balanceaba, que daba la sensación de que alzaría el vuelo en cualquier momento. Semejaba el clamor de los soldados en plena batalla que invocan a la muerte desesperados mas valientes, con sed de sangre de por medio.
               Sentí pavor, como si me acorralaran. Sentí que algo en mí volvía a sobrecogerme, y deseé desaparecer, volatilizarme como quien sopla un puñado de polen. Al intentar retroceder, me di cuenta de que mis pies habían sido engullidos bajo el barro. La impotencia me atenazó tan fuerte como el terreno mismo. Lentamente, como el barco que en alta mar es tragado por las olas, en llamas, de esta manera comenzó a eclipsarse la luz “natural” del sol siempre invisible. Unas pocas nubes aparecieron para deshacerse en las alturas en humo negro, y este humo se hizo sombra, una sombra que se dispersó por doquier y al poco quedó oculta en el mundo, en ese mundo ínfimo y mortífero. Y como desapareció esta umbra otra se dibujó tras la vidriera de la catedral; cual si el resplandor de mil tenebrarios desde el interior la magnificaran, se alzó la silueta de un hombre, quizás un caballero, más bien demoníaco; más bien un monstruo armado, acorazado, coronado por una cornamenta violenta y feroz. Mi cuello se encogía, asfixiándome en consecuencia, ahogando todos mis gritos. Me sentí como una mota insignificante a punto de ser arrasada. Cuando tuve la certeza de que la sombra no se proyectaba desde el interior de la estructura sino desde el exterior, y que avanzaba paulatinamente, anegué el viento con un bramido de pánico. Intenté echarme a correr, mas ya la tierra, traicionera, en mi estupefacción por todo lo ocurrido, aprovechó para enterrarme prácticamente, y hasta la cadera me oprimía. El suelo se alzaba, me atrapaba, desaparecería en cuestión de minutos..., y no sería lo suficiente rápido. El espectro, que henchía todo de tinieblas, era la venida del mal, y se avecinaba sobre mí. Antes que la tierra me tragase lo haría esa diabólica oscuridad con figura de jinete apocalíptico.
               Un chirrido férreo a kilómetros de distancia, y los vientos que se huracanaban en derredor, fueron el aviso del Juicio Final: el cielo, triste y gris, se desplomaba. Rompí en un llanto quejumbroso, pidiendo por mi vida, sintiéndome terriblemente engañado por mis ensoñaciones. Imploré al éter que se detuviera, incluso a la umbra inmensa le imploré que lo frenara, a la tierra que me liberara... Pero solo se engrandecían, todo se fortalecía y yo empequeñecía, me debilitaba, desaparecía... Golpeé al mismo suelo que ya alcanzaba mi abdomen hasta manar la sangre de mis nudillos despellejados. Chillé, arranqué con los tulipanes, las amapolas y las orquídeas, las destripé entre mis manos, aullé, escarbé echando puñados de tierra a todas partes buscándome a mí mismo y una salida. Pateé bajo tierra, pataleé como si quisiera encontrar una segunda superficie, pues ya todo se hacía negrura. La hojarasca en derredor formó un tornado que me tragó, me deshizo en crujidos, y, luego, la nada en una centella.

                Y la nada se despejó con la luz natural de las penumbras de mi cuarto, y cayeron mis mantas al suelo entre mis patadas y brazadas. Mi jadeo fatigado llenaba la habitación; la almohada empapada y fría de mis sudores era ahora un trapo arrugado que desprendía ese relente maléfico, pues alguna lágrima también la cubría. Aliviado por descubrirme de nuevo en la realidad, busqué, todavía ansioso, el interruptor de la lámpara del suelo. El destello me cegó momentáneamente. 
Pude respirar calmado.
                Un sueño. Tan solo un sueño, una pesadilla que me cercó. Tan solo eso. Reconocí satisfecho el desorden de mi habitación, con ojos de cariño y familiaridad. Me senté al borde de la cama para intentar despejarme; lo hice a base de suspiros, uno detrás de otro. Poco a poco, mi cuerpo, en llamas de angustia hace un instante, volvió a su temperatura normal; mi piel a su textura humana, y no a la de una gallina.
                Mas, al posarse mi mirada en la ventana, me sentí estrangulado hasta el éxtasis de la asfixia: tras el cristal identifiqué la figura de ese jinete y su cornamenta vigilante, amenazante. Intuí cómo acercaba su mano siniestra al vidrio y llamaba con la uña puntiaguda de su dedo índice enfundada en un guantelete de hierro forjado a su medida. El sonido del metal reverberando contra el vidrio me dejó sordo. Quería llamar mi atención, a sabiendas de que ya la tenía, y recordarme que siempre estaría en guardia, pendiente su oscuridad sobre mí.

sábado, 8 de febrero de 2014

Elegía a una lágrima

I
Puede leerse en el epitafio:

"En el marco de esta ventana desmadejada
secóse la más umbría gota para esa amada".



II

          Entre las finas capas de polvo de este marco solitario en el que toda cuita era derramada, hállase una lágrima tristemente enterrada. Una frente surcada cruelmente en arrugas, baldía y yerma, apóyase en la noche con la mirada enferma. En su décimo tercer suspiro comprende su desgracia, y es que ninguno frívolo lo sacia. Repasa esas finas motas, todas ellas rotas; dentro, tapada para su amada, la más umbría gota. Las estrellas tiritan, las nubes musitan. Son sus párpados rojos muestra de sus despojos.
          Qué pena asáltale cuando, en su soledad, en la gota umbría pensando, comprende la realidad. Insolente aplastando de la lágrima la tumba, de alcohol una botella su mundo derrumba.



III

          Cuando ambos, botella y desengañado, bésanse, el uno comprende que nada más húmedo rociará su rostro y nada más besará sus labios; la otra comprende su maldad irremediable y maliciosa suspira un vaho fétido.
          Y ahí, al amparo de nadie, y esperando una luz que esperanza irradie (la aurora se retrasa, nunca llegará para él), murmura unos versos que rayó en su cabeza...

Yo sigo aquí,
inútil,
rimando palabras
insumisas.

Yo sigo aquí,
inútil,
midiendo versos
vacíos.

Yo sigo aquí,
inútil,
retratando estrellas
perdidas.

Yo sigo aquí,
inútil,
lánguido;
yo sigo aquí.
          Sardónico sonríe, amargado, amargo.
          Un hilo de sangre resbala hasta su mentón y recuerda insulsos insultos: "La han besado”. No..., la han perdido.
          Y así, perdiéndola, encontré mi camino: perdido. Solo como nunca soñaste; solo como siempre imaginaste.
          Lacónico gime, penoso, pena.
          Ya no le quedan lágrimas; se ha secado la fuente de su vida. Solo quedan rotos suspiros.
          Porque esa, esa sola umbría, manchó para siempre su huida. Ya no quedan sentimientos. Solo falacias.



IV

          ¿Dónde están mis lágrimas?         
          Búscalas bajo el polvo.
          ¿Cómo? ¿Entre mi piel?



jueves, 6 de febrero de 2014

Verso frustrado por un desamor


Para P.


Sus labios son del éter puro
que llueven sus ojos...
Sus...

...
...

¡Sus labios son la escarcha
de la helada de su mirada...!


viernes, 24 de enero de 2014

Cenizas en el café

              -Ese café debe estar helado ya, amigo, ¿se lo caliento? –preguntó servicial pero campechanamente el gran hombre tras la barra.
                El anciano, que tenía los ojos muy abiertos debido a una abstracción inmensa, dio un respingo y miró al tabernero con intriga. Éste repitió la pregunta. El viejo, con una media sonrisa afable, echó en la taza de su café el cigarro que llevaba a medias. El siseo humeante al apagarse en el amargo líquido fue un pequeño placer que nadie percibió.
                -Ya está de nuevo caliente –forzó una risotada baja, con respeto, a sabiendas de que no tenía ninguna gracia lo que acababa de hacer. Era un acto déspota, y había hecho sentirse incómodo al dueño del bar, que se retiró negando con la cabeza.
                El viejo rebuscó en el bolsillo superior de su chaquetón, sacó su paquete de Kruger, su Clipper, y volvió a encenderse un cigarro. Llevó la mirada de nuevo al lugar que lo había dejado pasmado: la máquina tragaperras. Una mujer de unos cuarenta años echaba monedas como una posesa y apretaba los botones histéricamente mientras meneaba y contoneaba su gran trasero como quien agita un trébol de cuatro hojas para que le dé suerte. El viejo se ensimismaba con las luces, daba de sí a los párpados haciendo que sus ojos casi salgan de sus órbitas. Cada vez que era dueño de su pensamiento una punzada de pánico le apretaba la nuca al compararse a sí mismo con una polilla: ¿y si estaba a merced absoluto de las luces y los sonidos lúdicos? ¡Avance! ¡Un, dos! Y el viejo soltaba una risilla nerviosa como si una de sus putitas habituales le murmurara obscenidades al oído.
                La mujer de la máquina había cesado un momento el juego, y se palpaba todos los bolsillos de sus ropas como si hiciera percusión corporal. “Mierda”, susurró entre dientes, y salió del bar a zancadas. El anciano había estado más atento a la mujer que la propia; atisbó una moneda suelta en el panel de juego, y fue a por ella. Echó de nuevo el cigarro a la taza y arrancó con esta hasta la máquina tragaperras. Una vez delante, cual si hubiera encontrado el Arca Perdida, esperó expectante a que la musiquita le diera la bienvenida, y una vez pasó, volvió a soltar esa risita nerviosa. Contempló de arriba a abajo la máquina. Agarró la moneda y la sostuvo un momento entre sus dedos como un premio. Se llevó el café humeante de cigarros extintos a la boca y dio un trago como para terminarlo de una sentada. En cuanto sintió el líquido repleto de cenizas, vomitó y vomitó sobre la máquina, tan escandalosamente, tan fuerte y abundantemente, que para él fue como correr una maratón.
                Se desmayó del cansancio y despertó una media hora después dentro de una ambulancia. El vehículo estaba parado, nada se movía salvo un auxiliar de enfermería que revolvía bolsas al pie de su camilla.
                -¿Qué ha pasado? –interrogó el viejo muy quedamente, extenuado.
                -Perdió la conciencia por un bajón de azúcar debido a la fatiga del vómito, creo –explicó el auxiliar, nada convencido de sus palabras, muy perdido en su propio terreno.
                -¿Mi hija está bien? –siguió insistiendo el, ahora, moribundo, entre quejidos.
                -¿Quién es su hija? –devolvió el chico al muerto.
                Fuera, en las puertas del bar, la cuarentona se quejaba de que la máquina tragaperras estuviera fuera de servicio, agarrando el monedero bajo su sobaco y chistando mientras meneaba la cabeza de disgusto.
                -Para una vez que dejo que el inútil de mi padre me acompañe... “Nunca hacemos nada juntos”... Pues toma, por enterado –y se fue la señora quejándose en voz alta a su piso de enfrente.

miércoles, 1 de enero de 2014

La desventura del mísero ufano

          La luna llena era un borrón difuso en el cielo desdibujado de nubes pasada ya la medianoche de aquél 7 de agosto. Hacía unos momentos, una llovizna punzante como una cortinilla efímera había enlodado las calles mal asfaltadas, y el olor a tierra mojada se hacía inmenso en el ambiente. El mísero ufano, que caminaba –tanteaba el suelo con los pies- en mitad de la carretera, no se inmutaba ante la miasma que desprendían las aceras, ni ante la estrella que procuraba dejarse ver entre tanta opacidad luminiscente  que desprendían las sucias farolas, ni ante los insultos que le profería la conductora del Seat Panda destartalado que avanzaba a trompicones detrás del mísero ufano.
          -¡Apártate, mísero ufano, o te atropellaré, que mi vida tiene más prisa que la tuya! –chillaba la mujer sin rostro (en su lugar, podían adivinarse potingues negros, azules y rosas diseminados y mezclados entre sí) a la par que tocaba el claxon, ensordeciéndose a sí misma.
          Pero el mísero ufano era sordo, ciego y mudo. No vivía, intuía. Así llevaba ralentizando a la histérica señora hasta que ésta, por fin, encontró una salida, un escape, una fuga, una salvación, y aceleró desviándose por una calle prohibida, en sentido opuesto. El mísero ufano no se inmutó ante el estallido del encontronazo que tuvo la mujer de frente con un Alfa Romeo bien afilado, ni ante los dos jóvenes que se abrazaban en el banco de un parque como si fuera lo último que hicieran, ni ante el barranco que ciertamente intuyó al término de su camino. Llegó derecho, dispuesto, y se frenó ante el borde, tanteándolo con el pie. A medio metro de él, un anciano enjuto y raquítico de larga barba gris fumaba hierba por una diminuta pipa en gesto reflexivo y con una sonrisa eufórica. El mísero ufano se percató del aroma rancio que desprendía el viejo, pero no paró de tantear con el pie el borde del barranco. Aquél vejestorio soltó una carcajada airosa.
          -¡Tú ereh’ un mísero ufano! Lo sé por tu ‘seguera’, tu mudeh’ y tu sonrisa sardónica. ¡Tenemoh’ la ‘mihma’ sonrisa sardónica! Ereh’ tan ‘masilento’ como ‘mehquino’, mísero ufano –suspiró todo el humo de su última calada a la altura de la cintura del mísero ufano. -¿Adónde vah’ con tanto miedo, tanteando con disimulada osadía?
          La pregunta tenía un tono mordaz que habría ofendido al mísero ufano si no fuera tan mísero, tan ufano y tan sordo. Se limitó a dejar caer su vacía mirada al vacío del barranco; aun teniendo la capacidad de ver, no habría advertido nada ante la negrura de esa madrugada, ni los pedruscos afilados que sembraban el terreno, ni las zarzas que lo revestían con malicia, ni la arisca tierra sucia sembrada de heces secas de perro.
          -¿Adónde vah’, mísero ufano, ahora con tanta ‘desisión’? –preguntó el viejo levísimamente alarmado (seguía interesándose más por el sabor de su embrollo de hierbas) por los pisotones que daba ahora el mísero ufano; ya no tanteaba, escarbaba con la planta del pie echando gravilla hacia atrás como un toro desafiante a punto de embestir que se jacta de valiente. –No corrah’, ¿eh? Hay un ‘dehpeñadero’ ‘juhto’nfrente de ti –advirtió con una suave voz el vetusto barbudo.
          Pero el mísero ufano, sordo, sin tornar la inexpresividad de su rostro más que por una sonrisa aún más sardónica, se lanzó hacia adelante con la intensión de correr, mas ya el primer paso fue en vano a la nada, y el mísero ufano se despeñó por el despeñadero. Fue un viaje intenso para alguien tan mísero y ufano: las zarzas las recibía como colchones que se le hundían en las zonas más sensibles, duros colchones, y, seguidamente, la sensación de crudeza de las rocas vivas que le dejaron la piel en carne viva, para luego perfumarse de heces secas de perro. Para el mísero ufano, el viaje había sido tan corto como la realidad en sí, y pronto llegó abajo empolvado como un cadáver desamparado, reflejando en gestos horripilantes y tórridos el dolor que sentía en cada rincón de su ser. Tan mísero estaba con una paleta menos, un canino perdido, otro partido, y dos incisivos enterrados en las encías; con las ropas hechas jirones, ajadas, y sangrantes las heridas que mostraban; con un tobillo torcido y un hombro dislocado; sí, así su aspecto era mucho más mísero y ufano. Resollaba como si le faltara el aire (tendría rota alguna costilla, y quizás alguna hemorragia interna), con la frente presionada contra la tierra baldía, respirando polvo tan solo. El mísero ufano saboreó su propia sangre, la tragó, la degustó; y centró sus pocos sentidos en las lesiones que desfiguraban su cuerpo; hasta lamió algo de barro con su lengua palpitante y temblorosa repleta de mordidas. Sí, el mísero ufano se ufanaba de sentir tanto después de tanta insensibilidad. Para él estaba claro: los sentidos eran una completa fatalidad. A la conclusión llegó resoplando, soportando ahora un principio de asfixia. Y, resoplando también, bajaba por el barranco un muchacho bienaventurado a la carrera. Levantaba una polvareda tras él que podría definirse como triunfal. Al llegar al pie del desventurado mísero ufano, detuvo su agitado paso dándole un rodeo con una mueca de expectación en su rostro.
          -¡Ya le’ije que no corriera, que tenía un barranco’nfrente! –gritó desde las alturas el vejestorio.
          -Estás bien mísero y ufano. ¿Puedo hacer algo por ti? –murmuró el chico con un hilo de voz mientras recobraba el aliento.
          Al mísero ufano le faltaba demasiado oxígeno. Se llevó las manos al pecho, volteándose boca arriba, y los dedos también delataron varias roturas. Así, el muchacho corredor, al que llamaremos "El mancebo extraviado", descubrió el rostro del mísero ufano, contraído de la tortura que había sufrido voluntariamente, y moteado de migas de heces secas de perro. Se arrodilló ante él y posó el bienaventurado la palma de su mano en la frente del desventurado, pues nada más sintió que podía hacer, porque lo sintió a morir.
          -No te pierdes nada –susurró "El mancebo extraviado" con pesadumbre y una sombra en los ojos, no mayor que la que cubría a los del mísero ufano.
          El mísero ufano tosió y salpicó su sangre al rostro del mancebo, manchándole la vista de escarlata. El bienaventurado dio un salto hacia atrás, asustado, pero, más aún, molesto.
          -¡Podrías toser para otro lado, maldito mísero ufano! –vociferó contra el mísero moribundo.
          "El mancebo extraviado" se dio la vuelta y se marchó al trote, llevando consigo la esencia de un mísero ufano goteándole por la barbilla sobre el pecho y recorriéndole el tórax hasta su vientre y más allá.
          El mísero ufano gorjeó con pesar y notó más rota su garganta de lo que ya lo estaba sin voz. Como un hálito de esperanza, recobró por un momento el aliento para poder seguir padeciendo, lo que no era muy alentador. El vejestorio jugueteaba con su pene mientras observaba la escena calando de la pipa. Una brisa mortuoria llevó el humo hasta la nariz del mísero ufano, y éste volvió a captar el olor de la hierba rancia. Inspiró profundamente y suspiró con cierta exasperación. El dolor se le marchaba, mas la vida seguía ahí, sin motivo alguno, sentada a su lado con el codo apoyado en una de sus rodillas y la barbilla reposando en la palma de su mano, como si disfrutara del espectáculo. La vida comenzó a morderse las uñas. Fue entonces cuando, por primera vez en su existencia casi inalterable, el mísero ufano oyó en la lejanía el chocar de los dientes de la vida al arrancar un trocito de uña. Afinó su oído como pudo, pues no lo conocía, y comenzó a escuchar con más atención. Ese tac, tac, tac le llenaba la cabeza como si tuviera eco dentro de sí. Comenzó a escuchar también los sorbidos que hacía la vida al chuparse la punta de sus dedos babeados. Slurp, slurp, tac, tac, slurp. Lo era todo para el mísero ufano. Las llagas de su espalda sangraron hasta sentirse el mísero ufano en un lecho de lodo y polvo. Tac, slurps, tac, tac. Tal fue su emoción, que sus gorjeos emitieron ciertos sonidos ininteligibles, mas sonidos al fin y al cabo.  Tac, tac, tac.
          -Tac…, tac… -masculló el mísero ufano, y habló por primera vez en su existencia casi inalterable.
          La vida suspiró y empezó a limarse las uñas. Ris, ris, ris. El mísero ufano suspiró casi agradecido y soltó una expresión de alivio: “Aaah”. Ris, ris, ris. Lo era todo para el mísero ufano. La vida tomaba ese momento como una comedia. El mísero ufano renacía a las puertas de su fallecimiento.
          -Tacris… Ristac… -esos sonidos eran todos suyos, y los saboreaba haciendo con ellos lo que le viniera en gana.
          La vida resopló y se puso en pie con intención de marcharse a visitar por un tiempo a la libertad. Oteó el horizonte, y vislumbró los primeros rayos de sol. Miró al mísero ufano con indiferencia. Miró entonces al cielo aún estrellado. Volvió a mirarle a él.
          El mísero ufano comenzó a presentir la luz nocturna. Al mísero ufano, por primera vez en su existencia casi inalterable, se le retiró la cortina de tinieblas que cubría sus pupilas. Tan solo el ojo izquierdo, pues el derecho estaba repleto de sangre, vio la luz y sintió su dolor; en la lejanía de la bóveda negruzca, una estrella se hizo inmensa y acaparó toda la nueva visión del ya no tan mísero pero siempre ufano desventurado. Como una supernova se le apareció el astro, y todo era una centella incandescente bordeada de penumbras. Él pensó en una aparición divina del Supremo Hacedor, pero tan solo era la intensidad de la primera vez. Una gota del éter cayó y limpió su ojo derecho de sangre; vio más luz y sintió más su dolor. Casi volvería a cegarse de tal resplandor, mas él mantenía los párpados abiertos de par en par con el resto de sus fuerzas, con desesperación incluso. Escuchó los pasos de la vida rondándole, colmó su mirada de luz. Entonces, gritó todo lo que se le permitió. Un aullido fiero de mísero ufano desesperado que inundó los parajes. Hasta el vejestorio dio un respingo y se apretó los huevos más de la cuenta.
          -¡Carajo con el miserable! No puede uno vivíh’ en pah’, Señóh’ –farfulló con pasividad, ciertamente sorprendido, pero igualmente neutral que siempre.
          El rugido del mísero ufano no se prolongó mucho más. La vida se sintió hasta ofendida, y no soportó la ronquera de su voz, por lo que huyó a páramos de la libertad y dejó al mísero ufano solo desahogándose. El mísero ufano se desecó con ese clamor que era todo suyo, y polvo fue sobre el lodo de su sangre. El vejestorio, al salir el sol, fue a lavarse la cara y la barba en ese fango. Desde entonces, le vino muy bien acicalarse todas las mañanas.