Alberto Fernández

viernes, 21 de febrero de 2014

Un sueño

Sintiéndome sobrecogido por las ausencias, los anhelos, las evocaciones emponzoñadas de deseos y por los desdenes que presentaba mi insulsa melancolía; por las derrotas y las insípidas victorias; por la incandescente oscuridad y las frías mañanas grisáceas; por la vida misma sobrecogido, y atrapado por una inmensa vigilia, aparté las sábanas que me mal tapaban de una patada exasperada y salté de la destartalada cama casi alarmado por un impulso de dejarlo todo atrás. Atravesé mi cuarto de dos zancadas, abrí la puerta de un estruendoso empujón, astillándola toda, y entonces me sobrecogió un destello de luz como un torrente de agua, y luego la nada en una centella.
            Cuando el vacío se despejó como un jadeo dispersa una bocanada de bruma, en una visión nebulosa se me presentó el más ilusorio paraje que mi mente alcanza a remembrar. Todo estaba colmado de orquídeas, tulipanes y amapolas de colores pasteles. Me inundaron sus perfumes igual de acaramelados, y así descubrí el olor del magenta, el celeste, los rosas y los amarillos, los púrpuras, y hasta del gris. Un campo repleto de flores cercado por unos pinos oscuros que no dejaban ver más allá de las agujas que eran sus hojas: tan solo una insomne negrura. Corrí hacia la pradera por entre ese bosque de pétalos, dejando atrás la idea de toda salida. Al percibir el centro del lugar bajo mis pies, me tiré en la tierra húmeda con el pecho por delante, me revolqué dejando que las plantas me cubrieran y ocultaran, y resté boca arriba a respirar y sentir. Mas no sentía. No habían emociones en mí. Era yo un ser inerte movido por vientos oníricos.
            Supe entonces que había huido de mis regiones inicuas para penetrar en otras peores de trampas y desengaños. La luz del sol se derramaba hastiada en un tono gris que no alcanzaba a tener matiz propio, y el mismo sol se ocultaba en un cielo despejado de color polvo, cual si fuera invisible. El ambiente se tornó turbio y desesperante. Una calma que no precedía a la tempestad, sino que la infiltraba a traición. Con un quejido mudo de esfuerzo al que le costó partir de entre mis labios, me arrastré de espaldas valiéndome de las plantas de mis pies a través de los tallos recubiertos de inquietante musgo podrido; el hedor húmedo me asfixiaba, pero parecía que levantarme y salir a la superficie de este mar de flores era una opción mucho más demente. Podía sentir el peligro suspendido en el aire a escasos metros por encima de mí, deseando cernerse sobre mi cabeza y decapitarme. Sí, podía intuir esa amenaza.
               En tanto que seguí reptando como un gusano, pude empezar a notar cómo amapolas, tulipanes y orquídeas crecían y crecían a mi alrededor, borraban mi rastro y me dejaban atrás, lejos, en la pútrida tierra abandonado, proyectándome sus maliciosas sombras a medida que se agigantaban y renunciando a mí. Intenté reaccionar, pues las consideraba toda mi protección, mi amparo y mi custodia. Clamando sordamente por ellas, me puse en pie: habían frenado su desarrollo, pero ya los pétalos me acariciaban los labios cuando antes, apenas, las rodillas. En esa jungla de flores idílicas, tan bucólicas como sus siniestros colores imperfectamente perfectos, resté respirando agitadamente por el extraño fenómeno acontecido, y a continuación maldije con otro grito sordo: estaba en pie, a merced de las amenazas del lugar. Desde mis anchos bigotes hasta mi prominente y sudorosa frente era un blanco fácil. Miré a todos lados, asustado pero alerta. Fue entonces cuando la descubrí. Ante mi atónita mirada de súbito apareció una catedral gótica de envergadura titánica, erigiéndose soberbia y brillante, altanera en su belleza, de muros dorados y arcos negros. Un inmenso vitral redondo de colores tan indefinibles como los de la floresta parecía mirarme desde su centro mismo, fijamente, y, para alimento de mi pánico, con cierto tono de reproche y aun de furia. Semejaba el ojo de una bestia, tintineando sus matices policromáticos a la luz del astro invisible. Fue por aquél entonces cuando le encontré sentido a la rima XXXIX de Bécquer.
               Enmudeció el mundo para deleite de la vanidad de la catedral. Una brisa metálica traía sibilante el eco de algo grandioso. En lo alto, una sola de las doce campanas que formaban dos filas perfectas en la azotea de la catedral se dispuso a restallar y restallar en un sonido atroz con una fuerza temible. Tan vertiginosamente se balanceaba, que daba la sensación de que alzaría el vuelo en cualquier momento. Semejaba el clamor de los soldados en plena batalla que invocan a la muerte desesperados mas valientes, con sed de sangre de por medio.
               Sentí pavor, como si me acorralaran. Sentí que algo en mí volvía a sobrecogerme, y deseé desaparecer, volatilizarme como quien sopla un puñado de polen. Al intentar retroceder, me di cuenta de que mis pies habían sido engullidos bajo el barro. La impotencia me atenazó tan fuerte como el terreno mismo. Lentamente, como el barco que en alta mar es tragado por las olas, en llamas, de esta manera comenzó a eclipsarse la luz “natural” del sol siempre invisible. Unas pocas nubes aparecieron para deshacerse en las alturas en humo negro, y este humo se hizo sombra, una sombra que se dispersó por doquier y al poco quedó oculta en el mundo, en ese mundo ínfimo y mortífero. Y como desapareció esta umbra otra se dibujó tras la vidriera de la catedral; cual si el resplandor de mil tenebrarios desde el interior la magnificaran, se alzó la silueta de un hombre, quizás un caballero, más bien demoníaco; más bien un monstruo armado, acorazado, coronado por una cornamenta violenta y feroz. Mi cuello se encogía, asfixiándome en consecuencia, ahogando todos mis gritos. Me sentí como una mota insignificante a punto de ser arrasada. Cuando tuve la certeza de que la sombra no se proyectaba desde el interior de la estructura sino desde el exterior, y que avanzaba paulatinamente, anegué el viento con un bramido de pánico. Intenté echarme a correr, mas ya la tierra, traicionera, en mi estupefacción por todo lo ocurrido, aprovechó para enterrarme prácticamente, y hasta la cadera me oprimía. El suelo se alzaba, me atrapaba, desaparecería en cuestión de minutos..., y no sería lo suficiente rápido. El espectro, que henchía todo de tinieblas, era la venida del mal, y se avecinaba sobre mí. Antes que la tierra me tragase lo haría esa diabólica oscuridad con figura de jinete apocalíptico.
               Un chirrido férreo a kilómetros de distancia, y los vientos que se huracanaban en derredor, fueron el aviso del Juicio Final: el cielo, triste y gris, se desplomaba. Rompí en un llanto quejumbroso, pidiendo por mi vida, sintiéndome terriblemente engañado por mis ensoñaciones. Imploré al éter que se detuviera, incluso a la umbra inmensa le imploré que lo frenara, a la tierra que me liberara... Pero solo se engrandecían, todo se fortalecía y yo empequeñecía, me debilitaba, desaparecía... Golpeé al mismo suelo que ya alcanzaba mi abdomen hasta manar la sangre de mis nudillos despellejados. Chillé, arranqué con los tulipanes, las amapolas y las orquídeas, las destripé entre mis manos, aullé, escarbé echando puñados de tierra a todas partes buscándome a mí mismo y una salida. Pateé bajo tierra, pataleé como si quisiera encontrar una segunda superficie, pues ya todo se hacía negrura. La hojarasca en derredor formó un tornado que me tragó, me deshizo en crujidos, y, luego, la nada en una centella.

                Y la nada se despejó con la luz natural de las penumbras de mi cuarto, y cayeron mis mantas al suelo entre mis patadas y brazadas. Mi jadeo fatigado llenaba la habitación; la almohada empapada y fría de mis sudores era ahora un trapo arrugado que desprendía ese relente maléfico, pues alguna lágrima también la cubría. Aliviado por descubrirme de nuevo en la realidad, busqué, todavía ansioso, el interruptor de la lámpara del suelo. El destello me cegó momentáneamente. 
Pude respirar calmado.
                Un sueño. Tan solo un sueño, una pesadilla que me cercó. Tan solo eso. Reconocí satisfecho el desorden de mi habitación, con ojos de cariño y familiaridad. Me senté al borde de la cama para intentar despejarme; lo hice a base de suspiros, uno detrás de otro. Poco a poco, mi cuerpo, en llamas de angustia hace un instante, volvió a su temperatura normal; mi piel a su textura humana, y no a la de una gallina.
                Mas, al posarse mi mirada en la ventana, me sentí estrangulado hasta el éxtasis de la asfixia: tras el cristal identifiqué la figura de ese jinete y su cornamenta vigilante, amenazante. Intuí cómo acercaba su mano siniestra al vidrio y llamaba con la uña puntiaguda de su dedo índice enfundada en un guantelete de hierro forjado a su medida. El sonido del metal reverberando contra el vidrio me dejó sordo. Quería llamar mi atención, a sabiendas de que ya la tenía, y recordarme que siempre estaría en guardia, pendiente su oscuridad sobre mí.

No hay comentarios:

Publicar un comentario